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La Pedantería (fragmento)
Por Samuel Ramos


Seguramente que la pedantería es una actitud que tiene su finalidad, es decir, sirve a un propósito más o menos oculto del individuo. Y no sería remoto que esa finalidad fuera ignorada por el sujeto mismo que practica aquel vicio. Todo pedante da la impresión de un actor que desempeña una comedia, y la pedantería es una máscara que oculta, que disimula algo; ¿qué es lo que la pedantería trata de disimular?

Pero primero es necesario definir al pedante y a la pedantería. La pedantería es una forma de expresión adscrita casi exclusivamente al tipo humano intelectual o que pretende serlo. Se encuentra, sobre todo, entre profesores, literatos, artistas, escritores de toda índole, y se manifiesta en el lenguaje hablado o escrito. En la conducta real de un hombre puede haber presunción o vanidad, pero no pedantería. Ésta última es un estilo de hablar o de escribir, una entonación inconfundible de la voz. El pedante usa de una expresión afectada, aun cuando no toda afectación del lenguaje es pedantesca. Lo es solamente aquélla que revela una cierta intención: la de hacer gala del talento, de la sabiduría o la erudición. El pedante aprovecha toda ocasión para exhibir ante grandes o pequeños auditorios sus prodigiosas cualidades. A decir verdad, una de las características de la auténtica pedantería es la inoportunidad, pues sus más conspicuos representantes son precisamente aquellos sujetos que siempre desentonan, que sientan cátedra en todas partes. Los vemos hablar de cosas profundas en medio de una conversación familiar, citar nombres famosos o sentencias célebres en los lugares o circunstancias en que menos viene a cuento. En una palabra, el pedante choca siempre a los demás, por su falta de tacto y discreción; es la persona que en todas las relaciones sociales da una nota discordante, usando un lenguaje y tono inadecuado. Bajo el aspecto del trato, el pedante corresponde, sin duda, a la especie numerosa de los inadaptados. Esta observación constituye para nosotros una pista importante que seguir con probabilidades de que nos lleve al secreto de la pedantería.

El gesto de la pedantería tiene, sin duda, la intención manifiesta de afirmar una superioridad ante los demás, pero con un acento agresivo o con un aire de desprecio. El pedante parece decir "aquí yo soy el único que vale, ustedes son unos imbéciles". Pero la pedantería no engaña a nadie y los demás se percatan de la falsedad de sus pretensiones. En vez de lograr el reconocimiento y la admiración, el pedante no hace más que despertar antipatía y enemistad. Los efectos que obtiene son precisamente antisociales. Por lo general, los pedantes son rabiosos individualistas, incapaces de comprender los valores ajenos y renuentes a todo esfuerzo en cooperación. Lo que no impide que a veces logren reunir círculos de admiradores, ingenuos o ignorantes, que se dejan sorprender por sus palabras. Porque lo trágico es que la pedantería necesita siempre del público, como no puede haber teatro sin espectadores. El pedante no quiere solamente llamar la atención y ser oído, busca algo más que eso, la aprobación y el aplauso del pequeño mundo que le rodea.

Si quisiéramos clasificar a la pedantería en alguno de los vicios de carácter más generales, no encontraríamos sitio más propio que en la categoría de la vanidad, como uno de los múltiples disfraces de este vicio contra el que ningún ser humano puede atreverse a lanzar la primera piedra con la conciencia tranquila.

En la acepción común de las palabras, laten, por lo general, intuiciones muy justas sobre la esencia de las cosas que aquéllas nombran. Consultando el diccionario encuentro que la palabra pedante se ha empleado para designar un "maestro de Gramática que enseña a los niños yendo a su casa". "Aplicase al que por ridículo engreimiento se complace en hacer inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no." Pedantería: "afección de aires y maneras de sabio. Prurito por aparecer de más valía que otros y quererles enseñar." Así, pues, la connotación primitiva de los vocablos determina con plena exactitud las características de esta curiosa manera de expresión. No cabe duda de que la pedantería tiene un origen escolar. Los pedantes pululan en las escuelas superiores entre los maestros y estudiantes que quieren ganar el renombre de sabiduría; de los círculos académicos se transmite al mundo exterior para proliferar en la clase de los cultos, con preferencia en los círculos de profesionales e intelectuales.

Pero, ¿cuál puede ser el mecanismo psicológico de la pedantería? He dicho antes que el pedante es un inadaptado, y su inadaptación consiste en un deseo de superioridad intelectual que no corresponde con la realidad de su talento o de su saber. La desproporción entre lo que pretende ser y lo que es realmente determina en la conciencia un conflicto penoso del que resulta un sentimiento de inferioridad. Y cuando el deseo de colocarse en el sitio más alto es tan imperioso que no transige con la realidad, la única manera de satisfacerlo es con el expediente de una ficción. El individuo hace de su vida una comedia de superioridad en la que desempeña un papel para engañarse a si mismo y restituir el equilibrio a su conciencia desquiciada por el complejo de inferioridad. La pedantería es entonces ni más ni menos que un disfraz, una máscara de la que se reviste el sujeto para ocultar algo, y ese algo es su déficit intelectual. Pero el éxito de este artificio depende de que sea el primero en creer en sus propias palabras y tomar la comedia como una realidad. Al principio de este artículo aventurábamos la suposición de que la pedantería tiene una finalidad que no es aparente, y ahora podemos confirmarlo.

Si el pedante trata de conquistar en torno suyo una opinión favorable respecto a su valor, es sólo como un medio para sugestionarse y recobrar la confianza en sí mismo. Lo que en definitiva le importa es cubrir un vacío espiritual que lo hace sentirse deprimido y lo desvaloriza ante sus propios ojos. Desgraciadamente, la comedia es demasiado burda, y los espectadores demasiado maliciosos. Al fin y al cabo el pedante tiene que contentarse con brillar en círculos poco exigentes y modestos, en donde el éxito no constituye ni un mérito ni una satisfacción.

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Tomado de Samuel Ramos, "La pedantería" en El perfil del hombre y la cultura en México, Editorial Espasa Calpe, México, D.F., 1990, PP. 137-140.